¿Quién era Adolfo Hitler, el Führer alemán?

El 30 de mayo de 1431, los ejecutores de Juana de Arco pensaron que quemándole y arrojando a la hoguera sus cenizas nadie volvería a hablar de ella. Pero se equivocaron, porque poco tiempo después, ese mismo hecho de haber muerto entre llamas fue el motivo definitivo, si faltaba alguno, para que el pueblo sintiera verdaderamente el drama de Juana. Del mismo modo se equivocaron los que tras ahorcarlos y quemarlos, arrojaron al río Saar las cenizas de los jefes nacionalsocialistas juzgados en Núremberg o quienes creen que manteniendo a Rudolf Hess en la prisión de Spandau, pueden destruir aún más la imagen del nacionalsocialismo. Los que ordenaron este asesinato fueron los mismos que decidieron bombardear la casita de montaña de Hitler en Berchtesgaden, como rabieta final, pues no era objetivo militar y quedaba fuera de lugar enviar una flota aérea para su destrucción. Estos mismos ordenaron dinamitar los restos aún en pie, cuando ya habían transcurrido diez años desde que acabó la guerra, para evitar peregrinaciones. Los mismos, aún más tarde, han cercado la zona en la que se hallaba el Berghof con carteles que rezan “Prohibido el paso” y destrozaron la carretera que llevaba hasta el lugar haciendo crecer la maleza y plantando árboles en medio del camino. Nunca nadie debía saber dónde se encontraba el hogar de Hitler.

Estos mismos mandos políticos y militares democráticos ordenaron, tras bombardearla y masacrarla, que fuera dinamitada la nueva cancillería de Berlín, que aparte de una monumental obra arquitectónica era el lugar desde el que el Führer había dirigido a la nación, y mantenido en jaque a sus enemigos. Donde antes se hallaba el centro de la Europa libre de cadenas, no hay hoy más que un territorio plano e inerme sobre el que se ha colocado un carro de combate soviético, símbolo de la fuerza que acabó con la Europa unida, se dice que incluso han sembrado el terreno con sal para evitar que vuelva a crecer la hierba. Creen que con todo esto podrán borrar el foco de resistencia más sublime y encarnecido de la historia de Europa con Adolf Hitler a su cabeza. Se ha vituperado, insultado, aplastado y escarnecido de la forma más baja y la más inteligente todo lo que tuviera algo que ver con Hitler. Se han editado cientos de miles de libros que nos exponen su malvada personalidad y aún hoy se siguen proyectando filmes virulentamente anti-nazis.

Los que han dirigido esta campaña, de silencio primero y de descrédito después, no saben que sal, maleza, prohibiciones y echar las cenizas al río, no servirán para hacer desaparecer de alguna manera aquello que se les iba de las manos y por tanto ya no podían controlar. Porque el Adolf Hitler perdedor de 1945, momentánea y materialmente derrotado, está dotando de cara a la Historia el rostro del verdadero vencedor, pues él ha sido el único que ha dado una concepción del mundo totalmente nueva, una idea política dinámica una revolución social única en la Historia, un desarrollo artístico sin parangón y, sobre todo, una lucha y entrega en favor de todo ello que le llevara a caer en un gigantesco colapso final en el Berlín asediado de 1945. Los vencedores se impusieron con tanques y cañones. Hitler se ha impuesto para la eternidad con su entrega total a la idea por la que luchó, con una vida intachable y su genio como artista, político y soldado, pero también, de forma decisiva, como persona.

¿Quién era ese hombre del que tanto se ha dicho pero que tan desconocido es para todo el mundo en verdad? 

Otro Hitler

Tras el atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944, éste, en medio de heridas, preocupaciones, grandes planes, maniobras militares, seis frentes de lucha en sus manos y millones de hombres que habían depositado en él su confianza, ordenó a un subalterno que no se olvidaran de pasar pensiones militares completas con las que pudiesen vivir como otras viudas, a las esposas de los condenados por el atentado contra él mismo, tal como declaró una de estas esposas a los aliados en uno de los numerosos juicios de postguerra, como informaba bajo el titulo A pesar de todo era monstruo el diario Pueblo. Este mismo monstruo, pensando en que los ciudadanos que tuvieran perro en casa deberían restar parte de su alimentación para dar de comer a sus seres queridos, ordenó, en plena guerra, la creación de cartillas de racionamiento para perros, lo que constituyó un hecho sin precedentes. David Irving, en su obra La guerra de Hitler, señala el hecho importante de cómo Hitler corrigió en más de una ocasión discursos preparados por sus colaboradores señalando como ejemplo uno del Dr. Goebbels en el que de puño y letra Hitler sustituyó aquellas líneas en que éste decía “cuando hayamos alcanzado la victoria”, por “cuando la lucha haya finalizado” para evitar susceptibilidades y heridas, ayudando a fundamentar ya desde un principio la nación Europea. Esto, en un hombre que se cansó de vencer, no hubiese tenido que dar explicaciones a nadie, nos habla de unas intenciones, las verdaderas, que nada tienen que ver con las que nos ha hecho creer sus enemigos. Son solo algunas pinceladas para empezar a descubrir la verdadera personalidad de Adolf Hitler.

El Hitler querido y aclamado por millones, el orador genial, el verdadero revolucionario, el soldado y estratega único, el Hitler que dio trabajo a borbotones, el obrero, el constructor, el impulsor del arte y la ciencia, el protector de los campesinos, el político sincero, el gran europeísta, fervoroso wagneriano, el Hitler vegetariano por amor a los animales, y el que consiguió por fin la alegría de vivir para todos una época, destacó en todas sus facetas como ningún otro antes que él, todo ello aglutinado, y le ha convertido en el mayor genio de la Historia Moderna. Todo ello, sin embargo, lo fueron por separado otros antes que él mismo. Se le ha comparado con Napoleón, incluso con César, en lo político y en lo militar. El Hitler que daba valor a todo lo demás, el Hitler importante, el Hitler admirado, fue el ser humano sensacional y sensible del que nos hablan cientos de detalles y hechos reveladores. Era el Hitler que soñaba con bellas obras de arte y grandes monumentos que enriquecerían la cultura europea junto a los trenes de vía ancha y los grandes trasvases que como político planeaba.

Hitler político:

Se ha hablado de él como de un fanático nacionalista de estrechas miras germánicas, y lectores y escritores se han quedado anchos. Hitler dio en el clavo, tocó la llaga, molestó de verdad. Por ello fue combatido rabiosamente y destruido. Se atrevió a atacar de frente al verdadero enemigo de la Humanidad, descubrió al mundo el verdadero problema. Había hermanado a obreros, patronos, campesinos y ciudadanos en una misma comunidad. Hizo vencer al trabajo sobre el oro, destruyó el arma de poder de la finanza, la lucha de clases, dio sentido a la vida de millones. Sacudió hasta sus cimientos los fundamentos de la vejestoria Europa liberal y dominada por la propaganda sionista. Cuando decidió súbitamente eliminar el patrón oro como base de la economía alemana, hizo más daño a los que le combatían que todas las divisiones blindadas del frente del este juntas. Hasta tal punto fue así, que con ocasión de las repetidas propuestas de paz que realizó a Inglaterra en 1940, que culminarían con el vuelo de Rudolf Hess, en solitario y desarmado, y en su posición de vencedor en aquel momento, Churchill le respondió que sólo cabía una posibilidad de entendimiento y de cesar el conflicto bajo dos condiciones: anular el patrón trabajo como sistema económico aceptando nuevamente el patrón oro, y abrir las clausuradas logias masónicas en Alemania. Hitler pudo renunciar a sus ideas, a sus puntos programáticos. Pero ceder una vez hubiera supuesto ceder siempre. Él no quería la guerra, pero la guerra fue impuesta por los grandes financieros judíos contra Europa y el nacionalsocialismo.

Los puntos, ideas y filosofía de la vida nacionalsocialistas, eran tales y de tal envergadura, que pese a los grandes logros alcanzados en apenas seis años de paz, suponían la labor incansable de muchos años de educación y formación del pueblo hasta elevarlo a las más altas cotas de civilización, arte y cultura jamás imaginados. Dijo Hitler que el nacionalsocialismo tan sólo quedaría superado cuando sus puntos e ideas llegasen a ser para todo el pueblo algo natural. ¿Pueden imaginarse cuando resulte totalmente natural para todo el mundo las grandes obras de arte, los conciertos, las exposiciones, los jardines en las fábricas, el deporte, la naturaleza, la montaña, la aventura, el orden, la disciplina, el idealismo, la camaradería, la fe, la alegría?

Estados populares y pueblos adictos a su gobierno: Tradiciones, iniciativas, todo un mundo fabuloso e inimaginable para el público de hoy, bombardeado constantemente por una propaganda de atrocidades, realizada con toda la mala intención del mundo. Hitler se impuso una gran misión histórica a cumplir. Preparar al hombre del siglo XX para reinar sobre el progreso y la técnica que avanzaba vertiginosamente. Debía capacitar a los pueblos de Europa, forjar un nuevo tipo de hombres y mujeres fuertes, física, anímica, intelectual y espiritualmente. Enseñarles a afrontar, dirigir y conducir un mundo altamente tecnificado. Debía ser muy exigente para hacer del hombre del futuro un ser libre capaz de pedir de sus cuerpos todo lo que sus voluntades quisieran en su momento, crear un sano ambiente de arte y cultura y promocionar el surgimiento de genios y artistas, un nuevo Estado popular que debía aglutinar al hombre olímpico griego, la mística y caballerosidad medieval, la inquietud científica e investigadora de nuestra época, la fortaleza y espontaneidad de los vikingos y la reciedumbre de los caballeros castellanos, el romanticismo alemán, la gentileza británica, la sensibilidad francesa, la mística rusa.

Hitler popular:

El mito de un Hitler paranoico que comía alfombras y se arrastraba por el suelo, que mandaba fusilar caballos y que rebosaba de rabia saliva por la boca no se tiene en pie. De entre todos los grandes hombres de Estado y políticos muy pocos han sido admirados y respetados verdaderamente, o incluso loados por su pueblo. Napoleón, Cesar, Mussolini, Franco, etc., todos ellos han quedado como hombres singulares cara a la Historia de los que están orgullosos sus respectivos pueblos, en mayor o menor medida y en una u otra época. Pero prácticamente desconocidos son los casos de aquellos gobernantes que son verdaderamente queridos, en todo el sentido de la palabra, por el que se puede llorar o sentir alegría. Y este es el caso de Hitler por mucho que haya intentado ocultarlo la propaganda de los vencedores. Hitler, como el Rienzi de la obra de Wagner, era verdaderamente amado por su pueblo como lo fue Luis II de Baviera (el rey loco), por el suyo. Y como Luis II, mientras era combatido por el enemigo, boicoteado por los políticos, envidiado por los grandes, era querido y estimado por su pueblo como lo pudieron ser en su día el Robin Hood de los bosques de Northumbria o el Guillermo Tell suizo. Los libros mienten como las películas de Hollywood, pero los documentales, las fotografías originales y la verdad recordada por el pueblo no son más que la realidad. Y la realidad de Hitler ha sido algo sin precedentes en la Historia. En cualquier documental original puede verse con claridad a hombre y mujeres, niños y viejos, entusiasmados al paso de su Führer.

Un Führer surgido del pueblo; que seguía en él, de verdad, sin demagogias, que cree en él, que quiere que se supere y conducirlo con toda su capacidad. Los documentos que poseemos, no la fantasía fílmica, nos hablan de gentes que lloran a borbotones de alegría y cariño por aquella persona que ha dado lo mejor de sí por los demás, que ha sacado a la nación de la nada más absoluta y de la ruina para lanzarla a la belleza y darle una dignidad única. Quizá nunca antes un ser fue amado con tanta fuerza por tantas millones de almas. Ahí residió su fuerza y la del pueblo alemán, en la profunda admiración mutua, en la profunda compenetración, en la fe correspondida. Mussolini fue respetado y admirado, pero incluso al final fue abandonado por su pueblo, Franco tenía cierto carisma entre los españoles después de cuarenta años de gobierno, pero un mes después de su muerte nadie se acordaba de él. Hitler fue derrotado, el pueblo alemán fue derrotado, pero hasta el último minuto del último día sostuvieron las armas. El 30 de abril de 1945, Hitler era tan querido como en 1939 o en 1933 y probablemente mucho más.

El 8 de mayo se aceptó el hecho de que no se podía hacer frente de forma material al enemigo. Pero ni insubordinaciones, ni deserciones en masa, ni motines. El Führer había perdido y muerto, pero no por ello dejaba de ser admirado. Algún día se compondrán canciones salidas del pueblo que hablarán del Führer, del héroe, de la resistencia popular a todo trance, de su Berghof, de su lucha contra el mundo, de la gran gesta de toda una época, de los grandes monumentos, de arte, de su fabulosamente atractivo final entre ensordecedoras explosiones y llamas del romanticismo de toda una vida de entrega, sacrificio y su muerte junto a Eva Braun y sus fieles seguidores de la Hitlerjugend y las divisiones europeas de las SS. Dejemos al tiempo pasar y la Historia tarde o temprano escribirá sus verdaderas páginas. Pasaron quinientos años desde la muerte de Juana hasta que en 1920 era canonizada por Roma. Pero el pueblo la reconoció desde el mismo momento en que su cuerpo jovencísimo ardía horriblemente entre las llamas. Han pasado treinta y cinco años y el mundo entero adivina ya la grandeza del genio de nuestra era. Quizá harán falta quinientos años para que sea oficialmente reconocido como tal, pero la juventud, pese a las calumnias, pese a la propaganda sabe que ha vencido…

Sieg Heil!

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